Un desastre prevenible

André Menache, BSc(Hons), BVSc, MRCVS
©Traducción: Natalia Haller | diciembre 2001 Ed. Ánima |.Chemistry & Industry, No.17, 17 Sept 1998. «Comment», p 712

El implante en humanos de órganos animales parece ser el hallazgo médico más controversial de nuestro tiempo. Esta tecnología combina la ingeniería genética y la cirugía de transplante moderna, y el objetivo de su uso es solucionar la escasa donación de órganos humanos.

Desde 1963, alrededor de 55 órganos animales han sido transplantados a pacientes de todo el mundo, (por ejemplo corazones, hígados y riñones.) Esta técnica se conoce como «xenotransplante». La mayoría de los receptores fallecieron poco después de la operación. Este dato por sí mismo hace que sea difícil entender que se siga adelante con esta técnica. Sin embargo, es precisamente lo que está haciendo el gobierno británico, que ha lanzado una convocatoria para que se lleven a cabo ensayos clínicos con seres humanos.

Lo que es aun más alarmante es que el Consejo de Etica sobre Xenotransplantes erigido por el gobierno británico admitió que «por el momento, el conocimiento existente de los virus conocidos no es suficiente para proseguir con los ensayos clínicos en forma segura.» Esa información fue dada a conocer en 1996. Desde entonces, los especialistas en virología no dejan de advertir al público acerca del peligro de que virus animales, tanto conocidos como desconocidos, infecten a la población humana. En el peor de los casos, podría desatarse una epidemia semejante a la del S.I.D.A., cuya esperanza de contención sería escasa.

La organización D.L.R.M. (Médicos y Abogados por una Medicina Responsable) cree que hay suficientes pruebas científicas que justifiquen la prohibición total de los xenotransplantes, con el objetivo de salvaguardar la salud pública, y se manifiesta a favor de una eventual ley que prohiba los xenotransplantes definitivamente.

Sin embargo, al no existir dicha prohibición en la actualidad, los gobiernos deberían asegurarse de que los voluntarios accedan a un seguro de vida pagado por la empresa farmacéutica que los contrata. Además, la empresa en cuestión debe poder demostrar ante el gobierno que posee los fondos necesarios para enfrentar una demanda legal grupal si llegara a surgir una.

Por otro lado, debido a que el xenotransplante es una técnica tan nueva, desde el punto de vista médico-legal es obvia la pregunta de a quién demandar si las cosas salen mal. La respuesta no es precisamente obvia, ya que hay muchos eslabones en la cadena, entre los cuales se incluyen el cirujano que realiza el transplante, el hospital, el comité de ética del hospital y la empresa farmacéutica.

Para entender cómo sería el procedimiento a seguir en las compensaciones a los receptores de xenotransplantes se puede comparar lo que ocurre en los casos en que se prueba vacunas que resultan perjudiciales. Al igual que en los xenotransplantes, la vacunación consiste en transpasar algunos de los sistemas de defensa naturales del cuerpo para introducir en él un virus o bacteria, generalmente desactivado. En el caso del transplante de animal a humano, la introducción de virus y bacterias, que es totalmente indeseable, no ocurre en forma intencional, pero es inevitable.

Otra similitud entre la vacunación y el xenotransplante es el riesgo de contagio, ya que la persona que recibe el agente contaminante puede transmitirlo a la población. Así como un niño que recibe la vacuna contra la polio, en la que el virus está activo, puede infectar a un adulto susceptible, el receptor de un órgano animal puede infectar a las personas susceptibles con los virus y bacterias animales que el órgano contenga.

En cuanto a la legislación, se ha propuesto introducir la responsabilidad sin culpa, tomando como base la similitud entre las dos situaciones. Sin embargo, lo que indica lo ocurrido en varios países es que dicha legislación es totalmente inadecuada para las compensaciones. Por ejemplo, en Israel, la compensación no culposa para las personas perjudicadas por vacunas es de 41.000 libras para aquellos que pasan a tener una discapacidad del 100%. Cualquier persona que haya pasado por la lamentable situación de tener que adaptar una casa para el uso de una silla de ruedas sabrá que esta suma no es para nada realista, sobre todo cuando ya no están los familiares más cercanos y se necesitará pagar los servicios de una enfermera. Cae de maduro que las personas que optan por la compensación no culposa pierden automáticamente la posibilidad de sumarse a un juicio civil.

En lo que respecta a los juicios civiles, a veces las cortes otorgan sumas significativas de dinero, pero la carga de la prueba pesa sobre los damnificados, quienes también deben pagar los honorarios de los abogados. Probablemente los damnificados considerarán su situación financiera y su estado psicofísico muy débil como para encarar un juicio civil.

A pesar de todo esto, existen precedentes en los que muchos damnificados se unieron y encararon un juicio grupal. Uno es el juicio de las personas perjudicadas por los implantes de silicona contra Dow Corning. Esta empresa debió destinar 40.000 millones de dólares para compensar a personas de todo el mundo, tras una decisión de la corte que sentó un precedente clave.

Existe, sin embargo, una gran complicación en el caso de los xenotransplantes, ya que a diferencia de los implantes de siliconas, en los que la única afectada es la persona que se somete a uno, en el caso de los xenotransplantes existe la posibilidad de que el individuo afectado contagie a otros. Al aumentar el número de afectados, aumentaría también la suma compensatoria en cuestión.

La técnica de xenotransplante es todavía peligrosa y está tan sólo en su fase experimental, pero está tratando de imponérsela a un público uniforme (y, probablemente, desinformado), en contra de su voluntad. La situación actual, en la cual se permite que se prosiga con los xenotransplantes, es insostenible e intolerable, y debería combatírsela desde varios frentes: los medios de comunicación, las cortes, y los debates científicos. Según las palabras de Jonathan Allan, especialista en virología veterinaria: «pocas veces, si es que ha ocurrido alguna vez, hemos contado con el conocimiento suficiente para prevenir una futura epidemia. Lo que hace falta en este momento es la sabiduría de actuar de acuerdo a ese conocimiento.»