Rescate de galgos en Burgos

Zoltan, Gabriel y Marta [Voluntarios de Sosgalgos]

Afgano rescatadoMi marido y yo residimos desde hace poco tiempo en Burgos, pero tratamos de colaborar e implicarnos con Sosgalgos desde la distancia física que nos separa de Barcelona, rescatando algún galgo, salvándolos del sacrificio en la perrera, haciendo visitas previas de adopción, concienciando a cazadores…

El pasado viernes tuvimos un aviso (nuestro teléfono empieza a circular) de que en una finca abandonada a no más de 300 metros del casco urbano en un barrio llamado G-3, habían varios animales. Dado que en ese momento me encontraba sola decidí echar un vistazo a la zona y tratar de resolver por mi misma la situación. El recinto de aproximadamente una hectárea está acotado por una valla medio caída por paso del tiempo, en su interior tres edificaciones abandonadas, derruidas, acaso utilizadas por mendigos o drogadictos… Al adentrarme en el recinto con la cautela propia de estar en un lugar posiblemente peligroso, un cachorro de galgo de no más de un año de edad ya sin pelo por la sarna, en un avanzado estado de inanición vino rápidamente hacia mi, se dejó coger. Tenía pulgas y no conservaba apenas nada de pelo. Era pura sarna (confirmándolo después la veterinaria con un diagnóstico más espeluznante del que me imaginé: llevaba más de cinco meses abandonado a su suerte).

Con cierta firmeza pero con el cuidado lógico de no conocer al animal, intenté conducirlo a mi vehículo pero el cachorro me forzaba a dirigirme hacia una escalera metálica sin barandilla que acababa en la segunda planta de uno de los edificios abandonados. Sorprendentemente parecía querer indicarme algo. Aterrorizada porqué y a quien podría encontrar allí, cachorro y yo subimos las escaleras. Éstas conducían a un recinto de tres habitaciones donde las paredes, suelo y techo apenas se mantenían en pie, repleto de bolsas de basura, excrementos, mobiliario destrozado… a la derecha en una de las salas entre dos sofás maltrechos acotando un rincón de aproximadamente un metro cuadrado, observé algo que parecía ser una alfombra. Sin darle mayor importancia decidí marcharme cuanto antes, cuando de pronto la maltrecha alfombra se movió. Me acerqué y unos ojos fijaron su mirada en mi. No era una alfombra, era lo que quedaba de un galgo afgano con un soplo de vida. Traté de hacerle incorporar sin éxito por lo que decidí entre el pavor de sentirme sola en un recinto hostil y la preocupación de llevar inmediatamente al cachorro al veterinario, regresar al día siguiente con «refuerzos».

Al día siguiente, el sábado, Gregus Zoltan (habitual y abnegado colaborador), mi marido Gabriel y yo nos dirigimos de nuevo al lugar a primera hora de la mañana con la esperanza de que el afgano siguiera con vida.

Y sí seguía allí. Nos acercamos a él y lo bajamos en brazos. Una vez fuera se puso en pie y al observarle no podíamos dar crédito de lo que estábamos viendo: la majestuosidad de un galgo afgano se había convertido en una amasijo de costras, sarna, pulgas, heridas, junto con mechones de pelo que recordaban que sí era un galgo afgano. Lo llevamos hasta el coche y una vez allí, decidimos regresar de nuevo al recinto e inspeccionarlo cuidadosamente con el fin de ver si habían más animales.

En uno de los edificios al que tuvimos que entrar por una ventana nos apercibimos de que el suelo estaba repleto de excrementos y al decir repleto me refiero a que había tal cantidad que resultaba inverosímil pensar que realmente lo fueran. En uno de los rincones de este mismo edificio por debajo del nivel del suelo dos especie de galerías cubiertas por una reja de hierro que dejaban ver su interior albergaban lo que en un pasado no muy lejano debió ser el hogar de decenas de perros acinados. En otro rincón, acotado por bloques de hormigón amontonados, en un espacio aproximado de 15 metros cuadrados, además de excrementos y paja a modo de lecho, sin necesidad de escarbar en élla encontramos lo que sin duda era una mandíbula inferior de un galgo y un cráneo completo hasta la tráquea sin el resto del cuerpo. Tomamos algunas fotografías y decidimos marcharnos al veterinario para atender al galgo afgano. Temíamos que en cualquier momento pudiera llegar alguien con no muy buenas intenciones.

Llegando ya casi al coche, Zoltan advirtió un agujero a modo de pozo de aproximadamente un metro de diámetro cubierto por una tapa de madera. Mi marido y yo nos dirigimos hacia allí con la triste convicción de que aún no habíamos visto lo peor. Al descubrir el pozo, observamos en el fondo, piedras, ropa, latas y lo que sin duda era el cadáver, esta vez completo y en fase de descomposición por el hedor penetrante que se desprendía, de otro galgo.

Con el alma en un puño, horrorizados por el aterrador espectáculo y por imaginar el sufrimiento que esa finca albergaba, decidimos tratar de aliviar al galgo vivo que estaba con nosotros y marchar con urgencia al veterinario.

Los dos galgos sobrevivirán tras mucho tiempo de tratamiento, les buscaremos un hogar que les quiera y que trate de apaciguar sus recuerdos.

Gracias a todos por implicaros y ayudar de una forma u otra a que la recuperación de MAURICE y CHEVALIER, y de muchos otros, sea posible.

MAURICE: es un cachorro de galgo español. Se utiliza para cazar la liebre y para las carreras (también furtivamente y como sparring en peleas clandestinas de perros). Es muy raro tener un galgo español como compañero hogareño y menos en Burgos, donde la caza con galgo es muy habitual.

Es frecuente, por esta zona, Extremadura y Andalucía el abandono de este tipo de galgos cuando se considera que no son aptos para la caza o para las carreras. El animal puede tener unos 4/5 años como máximo cuando son abandonados, pudiendo vivir más de 12.

CHEVALIER: es un galgo afgano. Es un tipo de galgo considerado animal de compañía de lujo. Generalmente no se cría clandestinamente, se compra en criaderos especializados pudiendo costar entre 800 y 1.200 euros. No es nada normal que se abandone este tipo de galgo porque el tener uno es considerado como un símbolo de alto status social.