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Acerca de las falsas prioridades y de las “soluciones finales”

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La mirada del comentario y la denuncia. Mensajes y análisis del movimiento.

Jorge Luis Portero
1-5-08

A propósito de los dichos del Obispo Bastres y de las matanzas en el Municipio de Neuquén.

He leído sólidas reflexiones criticando a estos defensores “de los humanos”, cuyo único y poco imaginativo instrumento de lucha es la matanza de perros. Primero se escudan en “la peligrosidad”, para luego seguir con “los vagabundos”  o “los que no tienen dueño”.

Sin embargo, desde el plano ético, faltaría agregar lo siguiente: En muchos casos, estos “matadores” no son gente perversa. Simplemente atrasan culturalmente. Están dominados por su prejuicio especista.

En la Alemania hitleriana, en la que imperaba el prejucio antisemita –que consideraba necesario encerrar y aislar a los judíos–, hubieran coincidido con las razones económicas que aconsejaban “la solución final” (el exterminio de millones de seres humanos judíos por el alto costo que implicaba su manutención aún cuando ésta fuera en condiciones paupérrimas.) Desde ese prejuicio: ¿Sería lógico gastar dinero en seres inferiores, pudiéndose utilizar para otros fines, que beneficiarían a los verdaderos seres humanos, como llevar la doctrina y el dominio nazi al mundo, mejorar las condiciones de las bajas clases arias, etc.? No, correspondía priorizar a aquéllos que sí estaban incluidos en el círculo de sus consideraciones éticas.

Esta es la base del problema: Los “eutanásicos” no sienten culpa porque en ellos anida el prejuicio especista. No es que sean “crueles”: que los maten con el menor dolor posible. Y eso lo decidirán –en más o en menos–, las posibilidades económicas y de recursos humanos. En la práctica, siempre hay sufrimiento. Y siempre hay daño.

Pero mientras tratamos de combatir filosóficamente al especismo, tarea más que ardua porque sobre él está montado nuestro sistema de vida y hay sectores económicamente interesados en mantenerlo, quisiera aportar algo desde otros ángulos: el de la economía y el de la política, con el fin de desenmascarar la superficialidad que encierra el remanido  argumento de la “prioridad de lo humano” que justificaría lo injustificable.

Siempre –hace no mucho un neuquino ecologista social, antes el escritor Luis Guzmán y el peletero Aleandri–  se critica a los defensores de los animales afirmando que “primero están los seres humanos”, o que “el Estado no debe destinar recursos económicos para paliar el sufrimiento animal mientras haya niños que padecen hambre”, o que “los activistas animalistas deberían serlo en otras causas de justicia  más importantes: las humanas.”

En el público desprevenido, y también en un cierto “sentido común” general, esas objeciones son consideradas atendibles, cuando no compartidas. Pero se basan en dos equívocos:

  1. Una gigantesca falacia.
    Es una falacia
    , porque el hambre mundial no es un problema de escasez; es un problema de asignación y distribución de los recursos económicos. Hay alimentos para todos, pero el sistema capitalista  “no funcionaría  bien” si se los distribuyera equitativamente.
    A los que se preocupan por el uso del erario público para fines “animaleros” relegando La lucha contra el hambre de los niños: ¿No se dan cuenta que también al colocar un semáforo, comprar automóviles, arreglar caminos, poner luminarias en las calles, organizar y auspiciar espectáculos públicos, contratar más policías, otorgar subsidios a medios de comunicación, etc., también el Estado está utilizando recursos económicos para otros fines distintos al de paliar el hambre y la miseria?
    En el s.XXI la escasez es un problema político, de sistema. No es ni tecnológico, ni económico.
    Pero si hablamos de capitalismo, que por ahora parece que tiene cuerda para rato, de Keynes para adelante se sabe que de algunas crisis económicas se sale incrementando el gasto público (Baste recordar su consejo para reactivar la economía y combatir la desocupación, en los años 30, que consistía en que el Estado pagara cuadrillas de obreros para romper las calles, para que vinieran luego otros a restaurarlas).
    La crítica de “las prioridades”, entonces, para adquirir algún viso de seriedad, debería ser para el sistema capitalista y para  sus  gobiernos nacionales gerentes y garantes. La que realizan contra “los animaleros”, en cambio, me hacen acordar a esos seres pusilánimes y cobardes que son humillados sin chistar por sus jefes, cónyuge y conciudadanos diariamente, pero que – al concluir el día - descargan su resentimiento “haciéndose respetar” propinándole  un soberano patadón al perro de la esquina, porque “rompe las bolsas de basura”, “o ladra demasiado”.
  2. Un análisis superficial.
    Desde el punto de vista del gasto, la decisión de matar (perros, por ejemplo) también cuesta dinero, pero no es solo el dinero de “la mano de obra” y de los materiales para las matanzas; también debe mensurarse lo que los economistas denominan externalidades, y que aquí incluyen todas las erogaciones que demandará paliar los daños sociales que también provocan los ejecutores de las matanzas, afectados como consecuencia de cargar con esta inhumana tarea que implica matar a un ser sensible que quiere seguir viviendo.

Mayo 2008

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