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Una visión distinta del mundo
©Nicolás Raitman Quizás, lo que escribo, no lo conté antes porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Sin embargo, fue atroz mientras duró y aún más durante las desveladas noches y somnolientos días que lo siguieron. Desde aquel momento, conservo dos perspectivas de la vida: la que tenía hasta ese día, y la que construí después y continúa hasta este preciso instante. Intentaré relatar lo sucedido de una manera fehaciente, pero ya preveo que cederé ante la tentación de acentuar o agregar algún pormenor, quizás con el objetivo de enfatizar que los episodios importan tanto como la situación que los causa. Estábamos regresando de un viaje a Entre Ríos, cuando nos encontrábamos en la ruta Panamericana, en el kilómetro cuarenta y tanto. No me acuerdo de la hora exacta en que me quedé dormido, y quizás no sea importante, ni tampoco es importante el hecho de que haya soñado mientras dormía, sino que lo maravilloso fue que me haya acordado del sueño y de lo que pude oír en el mismo. En ese momento recordé las palabras de un filósofo, quien dijo que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quién las dijo. Prescinden de importancia las palabras exactas, ya que no son más que una herramienta a través de la cual me manifestaron la más sincera de las ideologías, la cual supe apreciar de inmediato. No me sorprende, ahora que lo medito (aunque en ese momento sentí repulsión y terror), que el azar haya dictaminado la eternidad de ese instante en que todo sucedió. Sin embargo, lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador, y los hechos que prosiguieron en mi vida luego de este acontecimiento dejaron de espantarme, para darme cuenta de la realidad. Cuando desperté, los ojos de aquel animal descansaban
en mi mirada, el universo físico parecía haberse
detenido, y lo único que importaba era la fusión
de las dos miradas. Un grupo de animales se encontraba encerrado
entre 4 sombríos trozos de madera sobre un vehículo
que los transportaba hacia el inevitable destino que el hombre
había deparado para ellos: la muerte. ¿De qué
sirve entonces, la infinidad del universo cuando el espacio
que les correspondía a ellos nos traspasaba los límites
impuestos por la crueldad y la bestialidad del hombre? ¿Qué
tan poco probable era que MIS ojos fueran aquéllos
que estaban viendo a los de un ser humano tratando de entender
qué era lo que sucedía? ¿Qué tan
poco probable era que YO fuera ese animal, o qué tan
poco probable era que VOS fueras ese animal? Es sabido que
la muerte es un hecho, hasta ahora, inevitable en el ciclo
de la vida, sin embargo, el hombre no debe ser aquél
que controle esos tiempos. En ese momento sentí a la penumbrez de la muerte de una forma en que nunca lo hice: estaba frente a mí. En realidad, no sólo estaba frente a mí, sino que estaba también a mis costados, arriba mío, debajo mío, a 10 metros y a siglos de distancia también: el mundo estaba saturado hasta lo infinito por aquéllo que llamábamos muerte y yo me sentía culpable. Creo que hasta el día de hoy me arrepiento de haber sido tan injusto y tan cruel durante un tiempo con los animales, y aunque sea mi opinión, mientras dura el arrepentimiento dura la culpa. Será quizás eterno el arrepentimiento, y por lo tanto, la culpa. La mirada de aquel animal provocaba que florecieran sentimientos desconocidos en mí, y quien sabe en cuántos más. Ante la incertidumbre de estas sensaciones traté de consolarme justificando mi actuación hasta aquel momento: comiendo animales y utilizándolos como si fueran objetos. Intenté convencerme (sin éxito) de que el destino es inevitable y de que el día y la forma de nuestra muerte, ya está escrita en alguno de los libros infinitos que contienen la historia del pasado, del presente y del porvenir. Sin embargo, conjeturé que no sólo era cruel y peligroso controlar esos tiempos de la forma en que lo hacía el hombre, sino que además, me cuestioné la necesidad de esos actos de los que Dios es responsable. Hubiera sido ilógico (aunque muy típico del ser humano) decir que mi visión era la correcta, porque podría ser (muy probablemente) que me estuviera equivocando, del mismo modo en que me equivoqué al destruir vida animal durante 14 años de mi vida. Por momentos, me siento feliz al comprender que no soy el primero en darse cuenta de esto y que tampoco seré el último si es que aún existe la piedad, la compasión y la hermandad entre los hombres. Es por ello que decidí investigar más acerca del asunto, y no permitirle a la pereza y al olvido que venzan este nuevo plano en el cual desarrollaba mis ideas. Una de las primeras cosas que decidí hacer fue concurrir a un "Matadero". Este es un nombre que no describe en absoluto las atrocidades que ocurren en ese lugar, sino que tan sólo insinúa su principal objetivo. A semejante lugar se lo podría denominar de infinitas formas, siempre y cuando existan infinitos sinónimos para describir el infierno, la muerte, el desconsuelo, la miseria, un odio del tamaño del universo y una tristeza de un tamaño no menor a aquel odio... Es por esto que no pretendo escribir este texto para el olvido, sino que para la memoria, la eternidad y la reflexión. En aquel instante en que ágilmente logré introducirme en el "Matadero", la curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos: las imágenes más impensables y desconcertantes se dibujaron ante mí, no como obras de arte, sino como una de las miles variaciones del Apocalipsis. Sentí una vez más esa pululación que había sentido una vez, y me pareció que el mundo estaba saturado hasta lo infinito por la muerte. Yo preveía encontrarme con algo así, pero una cosa es prever algo y otra cosa muy distinta es que ocurra. Me era imposible creer que aquéllo que mis ojos veían estaba ocurriendo en ese momento, y no sólo eso, sino que además, había ocurrido por años y yo había propulsado ese proceso. El hombre olvida muchas veces, que no es más que un muerto que mira muertos, y así me sentí yo, viendo esa incontable cantidad de hermanos descansando por una eternidad en el piso, sin vida... pero yo también estaba ahí... mirándolos... quizás por una eternidad... sin vida. Parecería ser que existe un misterioso placer en la destrucción, que al día de hoy no alcanzo a comprender ni justificar. Sin embargo, para algunas personas (si es que así se las puede llamar), eso que llamamos dinero parece ser el justificante ideal de esta barbarie. Pero es así, como inconscientemente, nosotros, la raza humana, nos convertimos en los verdaderos monstruos... ya no existen pesadillas para nosotros... ya que... cual es el monstruo de un monstruo? Sin embargo, precisamente por esto, por no contribuir a la matanza de animales, intento comprender y justificar la causa de aquéllos que lo hacen, pero créanme, me es imposible... y cuando digo imposible me refiero a algo tan imposible como contar hasta el infinito. Sé que muchas veces, esta libre asociación de ideas me llevan a desviarme de mi principal objetivo, que quizás ni yo conozca ni comprenda. El problema es que para comprender algo hay que verlo o sentirlo, y es por eso que quizás, mientras no podamos sentir ni ver el sufrimiento que imponemos a los animales no logremos comprenderlo y revertirlo. Pero los animales podrían defenderse... sí claro... este sería el pensamiento de todos aquellos insensatos que comen animales y convergen en que "la ley de la selva" se aplica al mundo de hoy, y que nosotros podemos comer a los animales porque somos más fuertes que ellos, y que los animales harían lo mismo si pudieran. Mi respuesta a ellos es simple: los animales no se defienden porque entienden que esa defensa no sirve para nada más que para justificar su muerte, la cual será mas lenta. Lectores, que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Medio siglo de violencia le han servido al hombre para concluir que lo más fácil es matar, una conclusión un poco errada desde mi punto de vista (aunque suelo equivocarme en la mayoría de las veces). La decisión es tuya, y es verdad, en caso de tomar la decisión incorrecta (como quizás lo hice yo) tendrás que vivir en un mundo donde todo está pensado para aquéllos que alientan la destrucción. Miro el mundo a mi alrededor y lo veo lleno de muerte. Pero también reconozco la existencia de esas personas que luchan para que el número de estas injusticias sea cada vez menor, y desgraciadamente, aún no puedo incluirme en ellas, pero sí las venero. A pesar de que muchos errados piensen lo contrario, vivimos en el presente de un mundo que nunca jamás nos pertenecerá, pero el animal no vive en el presente, sino que vive en la eternidad del instante. Permítanme expresarme: los viejos cerdos tendrán más poder aunque los animales sean los que mueran. Pero el cielo va a sangrar. Nota: gran cantidad de las ideas se expresaron a través de las palabras del eterno Borges, al cual agradezco por haberme enseñado tanto. 2004 Copyright © Ánima — Derechos reservados | Información legal
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