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Manolo

© Alfredo A.Torchelli
© Editorial: Ánima

Estábamos en la esquina haciendo la historia a nuestra manera, o sea sin hacer nada. En eso, como llegando de la nada apareció Manolo, con su estrafalaria figura.

Tan sorprendente fue la situación que no la recuerdo con clima. No sé si hacía frío o calor, si llovía o había un sol que rajaba la tierra. No recuerdo. Primó el asombro. Estábamos allí, alrededor del árbol haciendo comentarios totalmente prescindibles y algún chiste calificado como viejo o malo de entrada. El aburrimiento produce ciertas contundencias.

Y de golpe Manolo.

—Salú muchachos —dijo con voz cascada y absolutamente inapropiada, para el personaje y para la escena. Hubo algunos murmullos a manera de contestación. No estábamos acostumbrados a esas presentaciones intempestivas. Si alguien se sumaba a la barra, lo hacía lentamente, dejando pasar unos días de estudios mutuos y por último alguno hacía de introductor. Este cayó así. ¡Pumba! ¡Acá estoy yo! ¡Y qué se yo, mamita!

Manolo era enano. No un petiso. No un bajito. No. Un enano. Cabezón, desproporcionado, con bracitos chiquitos, piernas cortas, pero buena planta, derecho y robusto. Medio oscuro y siempre sonriente. Un enano buena onda. Vestía una camisa a cuadros y unos jeans que no le quedaban ni chicos ni grandes, le quedaban chicos y grandes. Se nos acercó y nos dio la mano a uno por uno y fue repitiendo, Manolo, Manolo Manolo, cuando terminó la rueda el Pocho Díaz se hizo el gracioso y ahí Manolo se ganó a la barra.

El Pocho le preguntó al final de la presentación:

—¿Cómo te llamabas? —Y Manolo sin dejar de sonreir le largó:— Juan Carlos. —Nos reímos que fue como fumar la pipa de la paz. Ya era uno más. ¡Qué grande el enano! Nos contó que vivía en el circo que esa noche se instalaría en el potrero frente al bar y a la heladería.

— Es un circo de morodanga —confesó.

Alguien preguntó: ¿Tienen animales? Sí. Un león viejo que apenas ruje, una cebra un poco descolorida, un oso rengo y una gallina de tres patas. Eran animales. ¡Ah! Y dos caballos, que sirven para tirar el carro y hacer el número acrobático con lo mejor del circo. La ecûyere.

—¿La qué? Preguntó el Cacho Buján. —Mirá, es una piba lindísima que sale con una maya llena de brillos y anda sobre los caballos y pasa de uno a otro, en fin hace pruebas. Es lo mejor del circo.

—¿Y está buena? – preguntó el Cacho.

— Es linda piba —largó Manolo, con lo cual ya nos avivamos o que era la hermana o que había un asunto raro. Nadie agregó nada. Mañana es la primera función, me gustaría que vinieran y trajeran a sus novias o hermanas. Los primeros días necesitamos gente que aplauda y haga barullo. Todo gratis. Ustedes van y dicen somos conocidos de Manolo y chau. ¿Porqué conocidos? ¿No podemos decir amigos? ¡Seguro que pueden! Y gracias. Muchas gracias y hasta mañana. Nos tenía en un bolsillo el enano. Fuimos con hermanitos, hermanas, otros de la barra. Entramos y lo vimos a Manu, le quedó Manu, empilchado de azul con charretera y botones dorados. Le quedaban horribles. Las patas eran muy chuecas y caminaba bamboleándose, pero se reía siempre. La función más o menos, los payasos no hicieron reir ni al bobo de la esquina. Los animales daban lástima. El único número que valía la pena era el de la ecûyere. Tenía un cuerpito muy bien hecho y unas piernas blancas y torneadas. Manu la ayudaba haciendo chasquear el látigo sin pegarle a los caballos que tenían bastante pinta. Todo lo demás era de segunda. La banda era un acordeón, una batería y un trombón. Imaginate lo que salía de ahí. Los asientos destartalados. La carpa eran más parches que carpa propiamente dicha. Al otro día se lo dijimos a Manu. Se rió. Ya sabía.

—Y lo peor es la gente. Yo soy amigo de los animales, con quienes habló. Nos miramos.

— ... y de Ana, la ecûyere. Después no le doy bola a nadie. A los animales los fajan y los matan de hambre. Yo les prometí que en cuanto pueda los libero a todos y me rajo con ellos pero claro…

—Claro, pensamos todos, ¿Y Ana? ¿Cómo la dejaba? Ella no la pasaba mal porque era la hija del dueño. Pero…

—A vos te gusta —le dijimos varios a la vez.

—Y… sí… contestó con una tristeza donde estaba toda su condición de ser humano más o menos. ¿Cómo le iba a gustar a ella?

—A mí no me gusta, —me dijo una tarde que estábamos solos— A mí me tiene loco. No duermo. No respiro si está cerca para no sacarle aire. No puedo pensar en otra cosa día y noche.

Me dio tanta pena. Lo hablamos con los muchachos. No podíamos hacer nada. Ese era el destino de los enanos. ¿Eran gente? ¿Tenían derechos? ¿Podían comprar y vender? ¿Votaban? ¿Y el amor? ¿Para ellos el amor era sufrir? ¿Para el amor no eran gente? ¿Cuántos médicos enanos conocés? ¿Cuántos abogados? ¿Cuántos políticos conocés? ¡Pero carajo, tienen corazón, riñones, sexo! Nos dijo que a veces los animales lo consolaban a él y él sabía que los mataban para comerlos, para sacarles el cuero. El les decía ustedes no tienen derechos. ¿Y vos? ¿Tenés derechos? ¿Podés ser militar? ¿Amante? Bueno ahora sos amigo nuestro. Porque ustedes quisieron, porque son fenómenos, gracias… se fue despacio, bamboleándose.

Nos contó que alguien le dijo que una canción de Serrat, “Romance de Curro el palmo”, era la historia verdadera de su abuelo. El nos la cantaba. Cerraba los ojos y recitaba en los atardeceres de la esquina.

Ay mi amor,
sin ti no entiendo el despertar
Ay mi amor
Sin ti mi cama es ancha
Ay mi amor
Que me desvela la verdad
Entre tu y yo la soledad
Y un manojillo de escarcha.

Todos lo escuchábamos muy serios porque sabíamos que lo del abuelo podía ser verdad pero más verdad era que él le cantaba a su Ana.

Y una tarde nos enteramos de lo que ya sabíamos. Manu no vino. Ana se fue con un farmaceútico de Santa Fé, con el consentimiento del padre, con ropa nueva y un auto azul lustroso.

Vino al otro día. ¡Salú la barra!, dijo riéndose pero con una risa falsa, falsa de lejos.

Hablamos de fútbol, de la vieja de las polleras negras que nos tijereteaba las pelotas de goma, evitábamos hablar de mujeres. Hasta que Manu nos dijo: acábenla muchachos. Se fue la niña. Porque soy enano. ¡Que noticia! ¡Pero al truco no me gana ninguno de ustedes, pastenacas! ¡A ver, a ver! ¡Esas barajas!. Daban ganas de llorar de sólo ver esa cara. .
Y al otro día en cuanto salió el sol apareció el Cacho y el Pocho en mi casa. ¡Gordo! ¿Sabés que hizo el Manu? Me asusté. Te lo juro. Me asusté. ¡Se rajó con todos los animales del circo! ¡Nos dejó una carta! La leímos en la esquina:

Muchachos. Me alquilé un camión y me rajo con los animales, mis amigos. Nos vamos a vivir a una selva por ahí. Estamos todos felices. ¡La libertad es contagiosa! ¿Saben que me dijo el león? ¡Que entre todos me van a buscar una enana! Una de estas tardes voy a la esquina. Chau.

Esa tarde vino el dueño del circo y naturalmente le dijimos que no sabíamos nada. Cuando nos quedamos solos casi gritamos ¡Qué grande el enano! Pero no nos aguantamos y cantamos… porque somos tangueros…

Ay mi amor
Sin ti no entiendo el despertar
Ay mi amor
Sin ti mi cama es ancha
Ay mi amor
Que me desvela la verdad
Entre tu y yo la soledad
Y un manojillo de escarcha.

Ojalá nos estés escuchando Manu. Y gracias por el ejemplo. A la libertad hay que buscarla. Como al amor. Por eso se parecen.

2005

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