La “realidad usual en la producción de ganado para consumo”

Gary Francione | marzo 22, 2009 | Traducción: Ana María Aboglio. Ediciones Ánima

© Gary Francione. © Traducción: Ana María Aboglio © 2009 Ediciones Ánima
Texto perteneciente al Blog personal de Gary Francione.
22 de marzo de 2009

Estimados/as colegas:

Home Box Office (HBO) transmitió recientemente un documental, Death on a Factory Farm [Muerte en una granja industrial]. El documental se refiere a una investigación secreta llevada a cabo por Wiles Hog Farm, en Ohio. El investigador, quien trabajó para la Humane Farming Association, filmó secretamente el espantoso tratamiento dado a los animales y llevó su evidencia al fiscal local, quien entabló diez cargos penales contra Wiles, contra su hijo, y contra un empleado.

¿El resultado de la acción? Solamente un cargo resultó en condena. ¿La pena? Una multa de 250 dólares y la obligación de entrenarse en el manejo y transporte de los cerdos. Los demandados y otros granjeros apoyados por los demandados argumentaron que las prácticas descriptas en el documental no eran criminales y que representaban “la usual realidad de producir ganado para consumo.”

Y tenían razón.

Lo que se describe en el documental es, verdaderamente, nada menos que tortura. Pero lo que pasó en Wiles Farm no es diferente de lo que sucede en todas las grandes granjas industriales. Lo que se describe en el documental es lo usual, la realidad habitual. Si ustedes comieron cerdo anoche, ese animal fue sometido a más o menos el mismo tipo de tratamiento.

Por esto es que los defensores de los animales no deben apoyar los esfuerzos de las organizaciones de bienestar animal que tratan de hacer la explotación animal más “humanitaria.” La explotación animal en la escala necesaria para alimentar incluso una porción pequeña de la población humana del mundo no puede ser más “humanitaria” de ningún modo significativo. Las cuestiones económicas relacionadas con la producción y la condición de propiedad de los animales lo hacen imposible –no sólo difícil– imposible. Tendríamos todavía que responder, por supuesto, a la pregunta ética de si el uso de los animales puede justificarse independientemente de cuán “humanitario” sea, pero podemos estar seguros de que nunca será “humanitario” porque siempre implicará algún grado significativo de tortura.

Las reformas bienestaristas, como la Proposición 2 o la campaña a favor de gasear a los pollos, son similares al poner un bonito empapelado en las paredes de una cámara de tortura. De la misma manera que el papel en la pared puede hacer que los torturadores se sientan mejor en cuanto a lo que los rodea, esas reformas hacen que aquéllos que explotan a los animales –y que incluye a cada uno que sostiene la demanda al consumir carne, lácteos, huevos, etc.– se sientan mejor en cuanto al hecho de que consumen animales. Así como el empapelado no hace nada de significativo para las víctimas humanas de la tortura, las reformas de “fachada” del bienestar animal hacen muy poco por las víctimas animales de la tortura.

Realmente, solo hay una respuesta moralmente aceptable y práctica, a la explotación animal: hacerse vegano/a y dedicar todo el tiempo y los recursos que tengan, a la educación vegana creativa y no violenta.