Galgos en Argentina

Parece un reduccionismo tan ambiguo como simplista escuchar que un galgo “está hecho para correr”. ¿Qué significa? Cualquiera sea la respuesta, no podría nunca querer decir que “está hecho para ser explotado como corredor”. Más bien, aun concediendo que les pueda gustar correr –como a tantos animales, sin que por eso “estén hechos” para algo en particular–, significaría que un galgo está hecho para disfrutar de su vida, a veces, mientras corre.

Ser explotado como competidor es muy distinto. Significa un sometimiento repleto de prácticas forzadas. Se los manipula, confina, reproduce por la fuerza y descarta según conveniencia de los “dueños de las cosas”. Ningún ser sintiente debería ser convertido en un objeto de uso. Y cuanto más indefensos ellos y peores las agresiones que soportan, más aflora su condición de víctimas y más grave la culpa de los victimarios.

Podemos hablar en plural –los galgos– y pensar en términos de ética –y derechos–. Pero también podemos contar una historia real para encontrarnos con el rostro más duro de una realidad cotidiana que se repite con diferentes circunstancias pero con semejante grado de sufrimiento y muerte. Una historia que refleja las muchas que suceden en Argentina. Omitimos nombres y lugares, por razones varias y perspectivas legales que estamos evaluando al momento de este escrito:

Febrero de 2016. Un lunes extremadamente caluroso, con una térmica que superaba los 40° y mucho trabajo por hacer. Lamentablemente, no fue el que esperaba.

Golpearon la puerta de casa y, al salir, un niño me preguntó si soy quien “cura a los perros”, porque en su barrio, a unas 8 cuadras, hay uno “abichado”. Me contestó que no, que él no se animaba a ponerle lo que le estaba indicando, por lo que decidí acompañarlo hasta el lugar.

Refugiado bajo un árbol, veo a un galgo bastante viejo postrado, sin fuerzas ni para levantar la cabeza. Lo ayudamos a beber agua. Estaba exhausto y con tanta sed que no paraba de beber. Mientras tanto, le iba aplicando un medicamento en aerosol en las heridas. Quería llevarle algo para comer, así que le pedí al chico que lo cuidara hasta mi regreso.

Cuando regresé, me encontré con que había vomitado el agua. Estaba otra vez postrado y no quería beber ni comer en absoluto. ¿Alguien conoce al dueño? Lo conocen, lo conocen bien porque al perro le falta una pata y se sabe que es de un vecino de la misma cuadra donde vive el chico. Me pregunté si sabe, si lo busca, si, si… sospeché que sabe, sí, pero no podía estar seguro.

Llegué a la casa de los supuestos dueños y le pregunté a la mujer que me atendió si su perro era… Sí, era su perro, y no pareció inmutarse porque, al parecer, el perro no iba mucho por la casa últimamente, “pero cuando llegue mi marido le aviso para que lo vaya a buscar.” No dijo nada más. Ella no tenía nada más que decir, nada por hacer… Ni nada por sentir, tampoco, por quien reconoció que era “su” perro, acabándose de enterar que estaba postrado a unos ochenta metros de su casa, en un lugar donde pronto caerían los peores rayos de sol.

A la media hora regresé a la casa y el marido ya había llegado. Curiosamente, aun no estaba enterado de la situación. Le ofrecí ayuda para traerlo hasta allí pero dijo que lo iba a traer “a la tarde, después de almorzar”. Inútil insistir, inútil decirle que el perro está muy mal y que en un rato iba a estar peor.

Volví una hora después y sentí cierto el alivio al no encontrar el galgo bajo el árbol. Pero era fácil intuir que algo no estaba bien, que la situación parecía ir más allá de una de las tantas donde aparece gente que no debería tener en sus manos a ningún compañero animal no humano. Fui de nuevo, esta vez con el veterinario. Como lo vió muy deshidratado, decidimos cargarlo en la camioneta y llevarlo a la veterinaria para ponerle suero. A la noche se lo veía un poco mejor, así que lo llevamos de nuevo a su casa sabiendo que al día siguiente había que volver a traerlo para ponerle más suero. El “dueño” nos detiene, “no será posible”, dice. Su excusa es que no habría nadie para abrirnos la puerta.

A la mañana siguiente fui decidido a rescatarlo, pensando que era uno de esos casos en que los dejan morir para no hacerse cargo cuando hay que hacerse cargo, o sea cuando nos necesitan, que es siempre, pero a veces de manera urgente e inevitable. Entré en el patio y lo vi, tirado inmóvil sobre la tierra barrosa. Un vecino que consulto me dice “que había estado quejándose de dolor toda la noche”. Le pedí que me ayudara a cargarlo en el auto, pero al ir a buscar un pedazo de lona que descubrí sobre el techo de lo que parecía ser un gallinero, vi a otros dos galgos encerrados y entendí: era la casa de un galguero.

Lo llevé al veterinario de nuevo, pero sabiendo que él no lo podía alojar, por lo que busqué y conseguí permiso para dejarlo en una estación de servicio inoperante ya, a media cuadra de la veterinaria.

A partir de ahí, 2 días de tragedia. Tomaba agua, la que le daba con una jeringa cada tres horas. Le estábamos pasando suero endovenoso, con intentos fallidos para que coma algo, lo cual rechazaba totalmente. El veterinario se atrevió finalmente a decirme, al notar las deposiciones con sangre, que si le han dado vidrio, no podrá salvarlo. Pero el perro, y a esta altura voy a llamarlo Coco, porque si se salva se quedará conmigo, seguía luchando por su vida e íbamos a ayudarlo.

Por la tarde estaba yendo a darle agua cuando de repente, una media cuadra antes de llegar, escuché sus quejidos.

Entré y lo acaricié pero casi no dejaba de llorar, solo se calmaba al tocarle la cabeza. En un momento lanzó un fuerte grito, vomitó todo el agua y eliminó mucha sangre por la cola. El olor del orín con infección mezclado con el olor de la sangre con materia fecal, me recordó a otros perros muriendo, me di cuenta de que eran sus último minutos, ya sin fuerza para quejarse y con los ojos hundidos, no tragaba el agua, solo podía hacerle un poco de viento con un cartón, sin ayuda, como pude y en medio de arcadas, traté de correrlo a un lugar más seco, era un galgo grande y se necesitan, al menos 2 personas para moverlo, había llovido mucho y solo había un poco de lugar seco entre 2 surtidores que, a su vez, tenían 2 colectivos estacionados (uno de cada lado, armando un corral). Luego fui corriendo a la veterinaria pero me dijeron que el doctor estaba en otra ciudad. Llamé a un amigo para que me ayude a levantarlo. Como no me respondió fui hasta su casa, el auto se empantanó en el barro y no pude llegar, así que volví a la estación, todavía estaba vivo. Se me ocurrió salir en busca de ayuda pero me di cuenta que ya era inútil. Di la vuelta a la manzana y regresé con él para quedarme hasta el final.

Entre las imágenes que se me cruzaban en la mente, me vino la de los galgos ahorcados en España al final de la temporada de caza, pensaba hasta dónde puede llegar la maldad y las formas de hacer sufrir y matar a otro. En estas tierras Coco debió soportar meses, quizá años de abandono una vez que dejó de ser útil para los intereses del dueño… lo veo dando vueltas, ya anciano, buscando agua y comida en medio de un calor insoportable, padeciendo bicheras en el cuerpo, hasta que aparentemente alguien le tendió la trampa final dándole comida con vidrio molido.

El resto es continuación de mi pesadilla. La de él, había terminado.

El encargado de la gomería me pidió que no lo deje allí, porque el basurero ya había pasado. Me ayudó a cargarlo en el auto y me lo llevé con intenciones de dejarlo en el basural, pero el barro del camino me impidió llegar, así que lo bajé en el camino. En el intento por sacarlo del baúl, se me cayó en una zanja embarrada, de donde lo saqué para dejarlo al borde del camino. Luego, al regresar al pueblo, restaba limpiar la estación de servicio. Lo hice destrozado, en medio de fuertes arcadas. Al terminar la tarde estaba avanzada y mi mente estaba en blanco. Solo quería llegar a casa para bañarme, y sacarme la gran cantidad de barro que tenía encima, que me rodeaba, que me ahogaba. No era la suciedad del barro. Era el olor de ese barro, que me impregnaba como tantas otras veces: el olor de la muerte. Todavía lo llevo, porque es también el de la impotencia, de la indignación y de mi propio sufrimiento.

Al llegar a la plaza debí frenar. Por delante cruzó el galguero en bicicleta, paseando con su nietita. Avanzó tranquilo, sin siquiera saludarme.

Esta historia es una de las tantas atrocidades ocultas que se les hace pasar a millones de animales no humanos. Mientras tanto, la gente se indigna porque un turista, al que quieren que “se le haga pagar” en forma urgente, ha dejado morir un delfín en pos de enviar una foto a las redes sociales.