Mirar.
Esperar un soleado día libre y llevar a los niños al zoológico
para mirar. Recorrer los senderos, seguir las indicaciones
a veces plagadas de avisos publicitarios, buscar al animal
y mirar. Intentar encontrar las réplicas en vivo de los
increíbles seres descubiertos en documentales, libros y
revistas que dan cuenta de la vida salvaje. Mirar, y darse
cuenta de que no están. Tras las rejas sólo es posible hallar
las ruinas del que pudo haber sido en libertad. El zoológico,
supuesto lugar de encuentro entre el animal humano y el
no humano, es la representación más cabal de la imposibilidad
de ese encuentro.. "...llegué a aprender lo suficiente para
saber el daño que se les hacía a los animales al tenerlos
cautivos, y simplemente no quise seguir". Estas fueron las
palabras dichas por Desmond Morris cuando hace poco, después
de 10 años, decidió dejar su puesto de cuidador de mamíferos
en el zoo de Londres.
El encierro de animales para ser mirados, tal cual se
practica en los zoológicos, es
una de las tantas formas de "esparcimiento" a costa del
individuo sometido a prisión perpetua. Inculca a los niños
la idea de que está bien encerrar a un animal para reducirlo
a objeto de una mirada. Cuando pagas para verlos, ellos
pagan con sus vidas.