© Sergio Greif
© Traducción: Ana María
Aboglio
Pasé algunos de mis últimos años en
el interior de San Pablo, fiscalizando fuentes de polución
ambiental: usinas de azúcar y alcohol, fábricas
de procesamiento de polímeros, fundiciones, etc. Sin
embargo, nada me pareció tan contaminante y agresivo
como las curtiembres y mataderos de animales. Estas actividades
son, sin duda, extremadamente contaminantes, pero pretendo
hablar sobre este tema en otra ocasión. Me gustaría
reservar este momento para hablar sobre otra forma de violencia,
aquella que presencié en los mataderos de animales.
A pesar de que el sufrimiento del animal que será
matado se inicia ya en su nacimiento, en el matadero es donde
él encuentra su fin. No es un fin agradable, tranquilo
o sin dolor, como muchas personas quieren que se crea. Las
personas son llevadas a creer que los animales que les sirven
de alimento tuvieron una vida de placeres, brincando en los
campos con otros animales de hacienda y que en determinado
día, ellos fueron transportados y matados de forma
indolora. Esta es la imagen que la industria de la carne nos
acerca, con sus propagandas de animales sonrientes y sus embalajes
coloridos que casi no sangran.
Las personas no aceptan, o no quieren aceptar, que los animales
criados para producir carne tuvieron toda una existencia miserable,
privados de luz de sol, de aire fresco, de poder pisar la
tierra. El objetivo de criar animales para convertirlos en
carne no es, claro, la felicidad de los animales. El objetivo
es el lucro, producir más carne, en menor espacio y
en el menor tiempo posible. De esta manera los ovinos, porcinos,
y pollos son criados en locales con alta densidad de individuos,
en espacios mínimos que limitan sus movimientos y desempeño
de las actividades más básicas, características
de su especie. Los bovinos todavía son criados de manera
extensiva en Brasil, pero esta realidad tiende a ser alterada
con el aumento de la demanda y profesionalización del
sector.
Describir lo que sucede en un matadero no es una tarea fácil.
Probablemente leer sobre lo que les pasa tampoco lo sea, pero
creo que tenemos la obligación de divulgar estas verdades,
y deshacer los mitos que se forman, de que los animales no
sufren con su muerte. Todo aquel que se alimenta de animales
tiene el deber de conocer este último e importante
paso en la vida de la comida que tiene en su plato. Las descripciones
que siguen representan lo que pude presenciar de la matanza
de animales. Cuando sean citados procedimientos diversos a
los que presencié, haré mención de ello.
Mataderos de Ganado
Los animales son transportados en camiones de transporte
de ganado, generalmente con 12 animales que intentan mantenerse
en pie mientras el vehículo se mueve. Los animales
son generalmente traídos de haciendas próximas
al matadero, pero en algunos casos provienen de localidades
más distantes, lo que significa que este transporte
puede durar varias horas. El camión entra en el matadero
y los animales son descargados a golpes y puntapiés
en un terreno cercado (imagino que fueron colocados en el
camión también a fuerza de puntapiés.
En este terreno los animales quedarán a la espera por
algunas horas, porque los sacrificios casi siempre ocurren
durante la madrugada.
No pude presencia la hora en que la matanza comienza, debido
al horario, pero imagino que los animales son alineados en
el corredor que lleva a la sala donde serán sacrificados.
En las primeras horas de la mañana es evidente el estrés
que están viviendo los que todavía esperan el
turno para entrar en la sala de matanza, porque estos presenciaron
la muerte de todos los animales que fueron antes que ellos.
Sus ojos parecen salidos de órbita, tan irrigados de
sangre, y sus mugidos son desesperados y frenéticos.
Estos animales oirán lo que acontece con los animales
que entraron antes que ellos, sentirán el olor de su
sangre y posiblemente verán alguna escena desagradable,
y claro es que resisten hasta donde pueden para no pasar por
el corredor que lleva a la sala del matadero. Por este motivo,
un empleado del establecimiento los obliga a hacerlo dándoles
puntapiés y descargas eléctricas a través
de una vara. El animal sufre un verdadero pánico, intenta
recular, pero es empujado hacia delante por el animal que
está detrás, al que también le están
dando descargas eléctricas. Él intentará
arrojarse hacia los lados, pero las barras de acero solo le
permiten avanzar hacia delante.
Al entrar en la sala de matanza, el animal presencia cerca
de un minuto lo que le están haciendo a sus compañeros,
algunos ya colgados, algunos siendo rebanados en diferentes
procesos, su sangre y sus vísceras esparcidas por el
piso de la sala. El animal intenta en vano de escapar, pero
está completamente cercado por barras de acero. En
este momento el animal sufre un proceso que se llama “insensibilización”.
En el caso de los mataderos que visité, esta insensibilización
se hacía con una pistola neumática, pero en
muchos mataderos la insensibilización todavía
se hace a golpes de mazo. La pistola neumática dispara
una varilla metálica en el cráneo del animal,
perforándolo hasta el cerebro. Se dice que éste
es un método “humanitario”, porque el animal
no sufre dolor y permanece inconsciente por todo el resto
del proceso, pero la verdad es que no podemos saber si el
animal de hecho no siente dolor. Ciertamente la pistola lo
inmoviliza, pero el animal no parece desconectado, apenas
aturdido y sin posibilidad de reaccionar. Algunas veces, un
mismo animal precisa ser insensibilizado más de una
vez, lo que demuestra que este no es un método “humanitario”
ni indoloro.
En el paso siguiente, el animal es colgado cabeza abajo en
una cadena, suspendido por una de las patas traseras. Es posible
que en este momento el peso del animal haga que se rompa algunos
de sus ligamentos, dislocando sus miembros.
En el momento en que el animal es suspendido, percibo que
su cabeza todavía se mueve. El empleado del matadero
dice que son espasmos, contracciones involuntarias, que el
animal ya no puede sentir. Pero sus ojos todavía parpadean,
la lengua todavía se mece, intentando contener el vómito
y tirando hacia adentro el aire. ¿Este animal no está
sintiendo dolor?
El animal entonces es desangrado, degollado, destripado y
desollado. La sangre que chorrea es recogida en parte para
unos toneles, pero la mayor parte cae en una canaleta. Las
heces y el vómito son recogidos en otra canaleta. Con
enormes cuchillos se le abre el vientre y sus vísceras
son arrojadas al piso. Algunos animales todavía parecen
mecerse en esta etapa y tengo la impresión de que ellos
pueden ver sus vísceras en el suelo. La sangre y las
vísceras serán llevadas al sector de procesamiento
de embutidos (longaniza, salchichas, etc.)
La piel de estos animales que sirven para la producción
de carne no es considerada de buena calidad, pero igualmente
son retiradas para usos menos refinados. Después de
eso, se baja al animal y se le retiran los testículos,
las mamas, las patas y la lengua. Estas “piezas”
son comercializadas como manjares o son llevadas al sector
de “grasa”, de donde saldrá el jabón
y la gelatina.
Como los mataderos que visité tenían una producción
muy grande, una “línea de desmontaje” como
dirían algunos, poca atención se le daba a cada
animal e incluso en la etapa de extracción del cuero
y el desmembramiento, algunos animales todavía se estaban
agitando.
En este matadero el cuero es retirado casi completamente
por una máquina que parece una máquina de hacer
masas, el empleado apenas tiene que separar el cuero en algunos
puntos. Finalmente, ocurre el corte seccional de la “pieza”.
El animal es dividido en dos mitades y se lava la carcasa.
En este momento, dependiendo de la finalidad, el animal podrá
ser fraccionado en cortes o su carcasa podrá ser llevada
al frigorífico. Cuando la carne llega a la cámara
fría, el calor del animal todavía emana de él.
Las carcasas son colgadas en ganchos alineados y a pesar del
frío, el hedor nauseabundo de la carne es perfectamente
perceptible. De allí la carne irá hacia las
carnicerías y mercados.
Mataderos de porcinos.
La matanza de porcinos es un poco diferente a la matanza
de bovinos. Algunos de los mataderos que conocí simplemente
no lo hacían, otros reservaban un día a la semana
para la matanza de cerdos y solo uno tenía un programa
de matanza constante de porcinos.
Los cerdos son criados en el sistema de confinamiento, a
diferencia del ganado bovino, en Brasil. Estos animales son
criados en cobertizos cubiertos y muchas veces quedan aislados
del suelo. Reciben una ración de engorde y jamás
tienen la posibilidad de revolcarse en la tierra, comer pasto,
etc. La idea es que el animal reciba alimentos calóricos
y que gaste poca energía moviéndose. De esta
forma el animal gana peso en menos tiempo. En los últimos
días, los que anteceden al sacrificio, el animal recibe
menos ración y uno o dos días antes apenas recibe
agua. Esto se hace para que a la hora del corte, haya menos
heces transitando el tracto digestivo, lo que facilita la
limpieza de la carcasa del animal.
Los cerdos llegan en un camión de transporte, son
cercados apilados en pisos, las heces de los cerdos de arriba
caen sobre los cerdos de abajo y el olor del camión
como un todo es insoportable, incluso cuando se está
conduciendo atrás de uno de éstos en una autopista,
a 120km/hora. En el matadero, los enrejados conteniendo los
animales son descargados sin muchos cuidados. Los animales
son forzados a salir a fuerza de puntapiés o a golpes
de cachiporras. En el patio de espera, los animales oyen lo
que pasa con los que ya están en la sala del matadero,
y se desesperan. No pude dejar de notar en una de las visitas
que hice a uno de estos mataderos, que en ningún momento
los cerdos se callaban. Todo el tiempo en que los animales
esperaban en el terreno, un empleado del matadero intentaba
calmarlos pegándoles con una porra.
De la misma manera, para que entraran en la sala de matanza,
los animales eran conducidos con puntapiés y golpizas.
En la sala de matanza el animal recibe un electrochoque que
le causa una parálisis, pero ciertamente no su muerte.
El animal es entonces suspendido por una de las piernas y
degollado con un cuchillo (la sangre se dirige hacia un tanque)
y sus vísceras son retiradas. Enseguida es sumergido
en un tanque de agua hirviendo y después es desmembrado.
Debido a la velocidad con que ocurre este proceso, algunas
veces el animal es sumergido todavía vivo y consciente
en agua hirviendo, y llega todavía parpadeando a la
mesa de corte y desuello.
Matadero de aves.
El sacrificio de aves se hace en establecimientos especiales
denominados “mataderos de aves”. Conocí
mataderos grandes, de las mayores empresas nacionales y que
venden sus productos en todo el mundo. Por este motivo, el
flujo de actividades en estos establecimientos es constante.
Se ven filas de camiones trayendo pollos de distintas granjas
para ser sacrificados. Los animales son transportados en pequeñas
jaulas que contienen 5 o 6 aves, muchas de ellas ya llegan
muertas debido al estrés del transporte y el tiempo
de espera. Presenciar el descargue de estos animales es una
visión única. Las jaulas son abiertas, y los
animales apresados por las patas, cabeza abajo, en ganchos
apresados a una cinta transportadora. Los animales no parecen
tener ninguna reacción.
Cierta vez vi una cinta transportadora parar para el almuerzo
de los empleados, algunas jaulas ya estaban abiertas. Las
aves continuaban allí, incluso las que salían
de las jaulas apenas se subían a la reja, no tuvieron
el impulso de salir.
Una de las aves que fue a parar debajo del camión
quedó allí por más de una hora. No es
que estos animales no tengan amor por su propia vida, sino
el hecho de que jamás tuvieron la oportunidad de ejercitar
sus músculos.
La mayoría de aquellos animales tenía cerca
de 45 días de vida y fueron criados para tener muslos
y pechos enormes, no para andar por ahí. Por este motivo,
eran incapaces de dar más que algunos pasos. En las
cintas transportadoras los animales son llevados para la sala
donde ocurre la matanza. Allí reciben un choque de
pequeño voltaje, que debería servir para aturdirlos,
pero en realidad, solo deja a las aves más agitadas.
Pregunto por qué no aumenta el voltaje, de esta forma
las aves simplemente morirían o serían al menos
aturdidas. El gerente de producción me explica que
si les aumentasen el voltaje el animal de hecho morirías,
pero esto también endurecería la carne. Ellas
siguen entonces para una máquina que procede a degollar
automáticamente y después van a un baño
de agua hirviente. Entonces son desplumadas y desvisceradas.
Muchas veces todavía están vivas cuando llegan
a estas últimas etapas, habiendo incluso sobrevivido
a la escaldadura. Presencié inclusive animales que
en una u otra fase del proceso se soltaron de los ganchos
y cayeron al suelo, donde la dejaron debatiéndose.
Los empleados no hacen nada para abreviar el sufrimiento,
pues no pueden desligarse de sus actividades en la cinta transportadora.
De esta forma, la muerte de estos animales es todavía
más lenta y dolorosa.
¿Quién son los responsables por estas muertes?
Incluso una persona sensible, cuando es expuesta a estas
escenas durante cinco días por semana, ocho horas por
día, acaba insensibilizándose. Esta es la realidad
del empleado de un matadero. Si estos son hombres truculentos
y rudos, es porque su medio de vida los hizo así. Ciertamente
si estas personas conservaran su sensibilidad, no serían
calificadas para su trabajo. Pero su trabajo solamente existe
porque alguien les paga para hacerlo. Entonces el empleado
del matadero no debe ser visto como el único culpable
de la muerte de estos animales. El propietario del matadero
tampoco, porque solo mantiene su establecimiento, ya que alguien
compra sus productos. Las carnicerías y supermercados
la misma cuestión. El único que puede impedir
que estas muertes continúen ocurriendo es el consumidor.
El consumidor sí, aquél que se siente incómodo
de visitar un matadero, que prefiere no saber la verdad, ahorrándose
de ver estas escenas, que prefiere olvidar que los pedazos
de carne en piezas eran un animal pocos días antes.
Este sí es el verdadero responsable.
Nos indignamos con rapidez con la matanza de bebés
focas en Canadá, con la caza de zorros para hacer abrigos
de piel o con el consumo de carne de perro en China. Estamos
listos para levantar banderas en defensa de las ballenas,
de la selva amazónica o a dar algún dinero para
Greenpeace. Y todas estas cosas de hecho son importantes,
pero están muy lejos de nuestra realidad. Es fácil
no tener un abrigo de piel de zorro o de una foca, es fácil
no ser culpado de las muertes de estos animales y es más
fácil aún condenar a la persona que usa estos
objetos. Pero la muerte de una vaca, un cerdo, un pollo, o
cualquiera sea el animal, no debería recibir una consideración
diferente solo porque su utilización es tradicional
según nuestro punto de vista.
Cualquier persona que participe de su ciclo de explotación
es culpable por la muerte de un animal, sea nativo, exótico,
abundante o esté en vías de extinción.
El hecho de que percibimos la crianza y muerte de animales
en mataderos como un hecho banal solo agrava esta situación.
Estos animales no vivieron existencias de acuerdo con los
hábitos de su especie y en determinado día fueron
matados en el campo. Ellos llevaron vidas indescriptiblemente
sufridas y tuvieron un fin doloroso. Y si esto no está
mal, nada en el mundo lo está.
No me hice vegetariano por haber presenciado las escenas
que acabo de describir. Ya lo era hace más de 20 años.
Haber visitado algunos mataderos solo sirvió para fortalecer
mi sensación de que estaba en el camino cierto. Saber
que no soy parte de esto, en cierta forma, me confortaba.
También me daba la certeza de que debía decirle
a las personas lo que vi, y la importancia de que se concienciaran
respecto de estos hechos.
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