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Virginie Bronzino.
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Traducción: Ana María Aboglio.
Ediciones Ánima.
Estos últimos cuarenta años, a
golpe de selecciones genéticas, medicamentos, hormonas
y subvenciones europeas (pagadas con nuestros impuestos),
se ha transformado a pacíficos mamíferos rumiantes
en verdaderas MÁQUINAS lácteas. Una vaca puede
hoy producir al año entre 6.000 y 12.000 litros de
leche, o 20-40 litros al día; esto es 10 veces más
que su antepasado en los años 50. La media "natural"
de producción de leche de una vaca que amamanta a su
pequeño, es al año como máximo de 1.000
litros.
Cerca de los dos años es cuando comienza
el círculo infernal: inseminación, parición,
retirada del pequeño, inseminación... ya que
para producir leche, una vaca, como una mujer o cualquier
otro mamífero, debe en primer lugar tener un pequeño.
Cada embarazo duró 9 meses y cada parición se
hace sistemáticamente por cesárea, ya que las
selecciones genéticas dieron origen a terneros que
son demasiado amplios para pasar por el canal natural de parto.
Se separa al pequeño ternero de su madre
en el plazo de 3 días después del parto, lo
que genera angustia y desasosiego para la vaca tanto como
para el pequeño. Los estudios han demostrado que el
luto de la separación dura semanas enteras, mientras
que la vaca, completamente desorientada, llora y busca a su
pequeño. Tres meses después del nacimiento de
su primer ternero, se insemina a la vaca de nuevo. Lo que
significa que tiene constantemente las ubres llenas correspondiendo
a una carga de más 50 kg.
A fuerza de empujar al animal más allá
de su límite biológico, la vaca es hoy anormalmente
deforme, lo que genera dolores, cojeras, infecciones mamarias,
entre otras cosas, enfermedades tratadas a golpe de antibióticos.
El pequeño ternero terminará en paté
para perro y gato si se conduce al matadero en cuanto se retire
de su madre. El cuajo, sustancia procedente de su estómago,
se extraerá entonces para servir a la fabricación
de los QUESOS. O bien, pasará 5 largos meses, encerrado
en la estrechez de una caja en madera, completamente aislada
de sus congéneres, donde ni siquiera tendrá
el lugar de darse la vuelta.
La industria láctea forma parte íntegralmente
de la industria cárnica: la carne de ternera y la fabricación
de los quesos gracias al cuajo extraído de su intestino
lo demuestran: un 70% de la carne de vaca procede de las vacas
lecheras. En resumen, afirmar que una vaca criada para su
carne sufre más o es moralmente menos aceptable que
una vaca criada para su leche es simplemente ABSURDO. Lo mismo
ocurre con su impacto en el planeta y en la salud humana.
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